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Odi
profanum vulgus et arceo.
Horacio
Le molestó la sensación de frío que produjo el contacto de la pistola en
el párpado de su ojo izquierdo. Apartó ligeramente la cabeza hacia atrás
mientras abría los ojos y centraba la mirada, con detenimiento, en la
oscuridad circular del cañón.
Siempre había pensado que terminaría así, o de alguna manera similar.
Incluso de niño, o no tan niño, había lanzado el bulo de que una vez
soñó que moriría joven; joven y atropellado por un tren. Entonces la
idea de morir atropellado, pero sobre todo la idea de morir joven, le
parecía romántica, hermosa y distinta. Tenía una necesidad imperiosa de
llamar la atención y por ello...
Sin embargo, en ese momento, con aquella pistola, que miraba, en las
manos, y sentado en el sillón giratorio de su despacho, frente a sus
objetos más queridos, con la foto de su hijo, de su único hijo,
sonriendo desde el papel, no tenía razones para llamar la atención,
sencillamente se iba porque no podía más.
Se iba, y no por despecho, pero tampoco por amor, como algún imbécil
pudiera pensar. Lo hacía por ineptitud, por miedo o, seguramente, por
ambas cosas a la vez. Se iba porque no había sabido o no había podido
vivir. Se iba, simplemente, porque no podía vivir más.
Siempre es difícil encontrar respuestas al hecho individualmente
decidido de quitarse la vida, y ello sea quizá debido a que nadie se
puede poner en la piel del otro, del que toma la decisión inapelable y
definitiva de abandonar. Es fácil achacar esa decisión a la cobardía
-pensó para sí mismo-, pero como recordaba haber leído en algún lugar,
una cita de Schopenhauer: “generalmente, el hombre pone fin a
su existencia tan pronto como los terrores de la vida sobrepasan a los
terrores de la muerte”. Y ese era su caso, aquí y ahora la vida era más
terrible que la muerte, y eso que ésta había sido su gran pesadilla en
la niñez y en la juventud, pero no por ella misma sino por el infierno
prometido a los pecadores, anunciado y reafirmado por tantos y tantos
allegados suyos.
A veces, en su afán de comprensión de la decisión tomada, llegó a un
análisis cientificista, biológico del hecho, aduciendo que obedece al
orden natural, al proceso de selección, como si hubiera un fin
adaptativo, una razón evolutiva.
Sabía, porque el suicidio era una nota repetida con excesiva frecuencia
a lo largo de su existencia, que es la muerte más cruel para los que se
quedan, por su fulminante impacto, por la devastación que produce, por
el desconcierto que origina, por la desolación que acarrea, por la
traición que parece se les hace. Sabía, porque lo había vivido, que al
suicida (como decía Rojas Marcos), se le repudia porque él nos rechaza
tanto.
Pero su decisión estaba clara, asumida, comprendida, razonada,
interiorizada en lo más profundo de su ser. Era un fracasado, sin
energía, sin pasión, sin curiosidad, sin ambición. No cabía otra cosa,
por él, por los demás. En cierta manera había altruismo en su decisión
-pensaba-, y eso le tranquilizaba.
Cogió de nuevo el manuscrito y comenzó a leerlo otra vez.
Llevo el estigma del fracaso dibujado en la cara, como una máscara de
ritual, pesada, amorfa, con un sentido oculto por el paso de los
tiempos, por la negación de la realidad. Representa la muerte, o la
vida, pero la vida sin vida, la vida fracasada, la vida sin sentido. Me
atormenta y flagela la mente. Envuelve todos y cada uno de los
pensamientos que circulan por mi interior, recóndito paisaje de la
negritud, de la oscuridad, de la nada.
Me apoyo en el aire, intentando atrapar un hálito de vida que me
estimule. No encuentro nada, no encuentro a nadie a quien hablar, ni a
quien mirar. Me viene a la mente, ahora, el soniquete de la canción
aquella de Pink Floyd: is there anybody out there? Alzo la
vista y no veo nada. La oscuridad es negra y horrible. ¿Y más allá? Más
allá no hay nada porque aquí no lo hay. Tan sólo tiempo, tiempo y vacío,
vacío y angustia.
El mundo se acaba o no ha existido. Miseria en mi alma densa, opaca,
muerta. Aquí no hay nada. Incluso dudo que algún día lo haya habido.
Ni el lamento me vale, porque ya ni tengo... Sólo me quedan lágrimas,
pero me temo que no son sino lágrimas vacías, simples gotas de agua
salada, sin sentido, vertidas por la desesperación o por la negación,
por el intento de negación o de aceptación de la realidad, con su furia
desatada hacia mí, un títere triste y desamparado, mecido por el viento
de la ruina.
Vacío de sensaciones aún miro alrededor y busco, como un alma en pena,
implorando una mano, un aliento, algo que me diga que no es todo muerte
a mi alrededor, que no es todo fracaso, que no es todo oscuridad.
Imploro ayuda como un niño, como el niño que he sido siempre y que no he
querido dejar de ser, a pesar de tantos y tantos esfuerzos de la gente
por hacerme ver que ya no lo soy.
Es lo último que me queda, un suspiro, una décima de segundo, y después
me iré, por ti, por ellos, por todos, incluso, me atrevería a decir, por
todos los que fueron y los que pudieron ser, por los que no fueron y no
quisieron ser, por los que dañé y por los que me hicieron daño, por los
que amé y por los que me amaron, por todos y por cada uno de ellos me
iré.
Y, ¡Dios!, qué negra es la noche cuando está vacía, cuando la nada reina
en ella, cuando el frío arrecia. Y como duele el dolor a los demás. Y
qué duro...
Que nadie se culpe. Que nadie se rasgue las vestiduras. Que nadie llore
mi pérdida. Sólo pido una cosa: seguid viviendo y buscad.
En Granada a 14 de diciembre de 1.999.

Dobló cuidadosamente las hojas de papel, con parsimonia, casi con
excesiva parsimonia, como si una necesidad imperiosa le hiciese
ralentizar los movimientos, como si el subconsciente se negase al paso
inevitable del tiempo, a la evidencia de la decisión tomada. Los plegó
dos veces y los dejó sobre la mesa del despacho y al lado del cenicero
de barro cocido que compró en un viaje a los Estados Unidos, en San
Antonio, con la forma del estado de Texas. Los dejó, inconscientemente,
al pie de la foto de su hijo, cuya mirada le taladraba el cerebro,
clavados sus ojos de niño en sus pupilas, mirando implacable, como si
supiese.
Recordó aquellas palabras en los créditos del “Adore” de los
Smashing Pumpking:
17 segundos de compasión
17 segundos de paz
17 segundos para recordar que el amor es la energía con lo que todo ha
sido creado
17 segundos para recordar que todo es bueno
17 segundos para esperar todo tu daño y tu dolor
17 segundos de fe
17 segundos para confiar en ti de nuevo
17 segundos de brillantez
17 segundos para enviar una oración
17 segundos es todo lo que realmente necesitas
...y
las hizo suyas. Interiorizó aquellas palabras hasta sentirlas, con sus
formas, en lo más profundo de su cerebro. Sintió la compasión por sí
mismo, pero no la piedad. Sintió la paz, tras la decisión tomada, y la
esperó con delectación, como un bálsamo.
Miró la fotografía de su hijo y sintió la humedad de las lágrimas
recorrer sus mejillas.
La música envolvía el ambiente, martilleando los oídos, incrustándose
entre las fibras de sus pensamientos. Apartó la vista de aquella foto
que le hacía temblar y se centró en las palabras. Siempre la música,
siempre las palabras, como bálsamos, como elementos sustitutivos de su
incapacidad.
It´s you that adore
You will always be my whose
You´ll be a mother to my child
And a child to my heart
We must never be apart
Lovely girl you´re the beaty in my world
Without you there aren´t reasons left to find
And i´ll pull your ooked teeth
You´ll be perfect just like me
You´ll be a lover in my bed
And a gun to my head
We must never be apart
Lovely girl you´re the murder in my world
Dresing coffins for the souls i´ve left to die
Drinking mercury
To the mistery of all that you should ever leave
behind
In time.
Las
lágrimas le seguían surgiendo en un río interminable. Los ojos,
anegados, perdidos en un punto indeterminado de la pared, o más allá. La
música, con exceso de graves, incrustándosele en cada uno de los
músculos de su cuerpo, en cada uno de sus huesos, en cada uno de sus
nervios. La reverberación que las ondas producían le llegaba a través de
los brazos del sillón en el que se encontraba, entrando en él hasta
sentirla como suya, como parte de él, uniendo el compás de la música al
ritmo de su corazón, de su respiración, de su ser, de su vida. Buscó el
amor entre sus recuerdos pero tan sólo encontró angustia y
desesperación. Quizá aquellos ojos -pensó-, pero rápidamente desechó el
pensamiento, ¿por inquietante?, no estaba seguro. ¿Y Dios? -se
preguntó-, ¿qué había sido de aquel Dios de su infancia y del amor que
derramaba o decían que derramaba? Nada, sólo miseria, miseria y
destrucción, mentiras y frustración -se respondió-.
Ya sólo podía recordar la maldad, por infinita y por eterna. Y el daño
también podía recordarlo y el dolor que le había inflingido. Y recordó
la pérdida de la fe como uno de los momentos más amargos, como uno de
los desgarros más intensos, como una de las pérdidas más grandes, como
el final de una existencia. Y con ella perdió la confianza en sí mismo y
en los demás, y entró en la oscuridad de lo infinito.
Y como decían aquellas palabras, ahora sólo necesitaba diecisiete
segundos, para enviar una oración a aquel falso Dios, a aquellas falsas
personas, a la Falsedad, porque ya sólo necesitaba diecisiete segundos
para terminar, para dejarlo todo y salir de la terribilidad que lo
ahogaba. Y ya habían pasado...
Cogió la pistola con la mano izquierda y apoyó el dedo índice en el
gatillo. Se acercó el cañón a la cabeza y lo apoyó en el párpado del ojo
izquierdo. De nuevo sintió el frío. Se molestó. Lo separó y, despacio,
abrió los ojos. No sólo quería irse sino que quería hacerlo sintiendo y
viendo, y sabiendo.
Cerró el ojo derecho y posó la vista del izquierdo en la boca oscura del
cañón. Llevaba largo rato sin llorar pero tenía los ojos acuosos. Se
pasó el dorso de la mano derecha por ellos, por el cerrado y por el
abierto. Sorbió por la nariz, con delectación, saboreando el sabor
salado del líquido que pasaba a su garganta y a su boca, sabiendo que
sería la última degustación, y con fuerza, con mucha fuerza, como si
quisiese retener todo el aire y quedarse con él, como si quisiese
apoderarse de la vida a través de él, como si el aire tuviese alma, como
si el alma existiese y estuviese ahí, flotando.
Repitió de nuevo la operación. Cerró el ojo derecho y acercó la boca del
cañón al izquierdo pero sin llegar a tocar la piel, para enseguida
alejarlo, con lentitud, hasta que logró enfocarlo perfectamente y podía
distinguirlo sin deformación alguna de la imagen. Estaba a unos diez
centímetros y casi podía ver la bala, o al menos eso creía. Sentía la
muerte en ella, y la vida también. ¿No se habría equivocado? ¿No estaría
allí y se lo había perdido? -se preguntó-.
El dedo índice comenzó a apretar el gatillo, lentamente. No había
respuestas. Parecía que nunca iba a llegar al final. ¿Por qué no se le
aceleraba el corazón? -se preguntó de nuevo-. Porque estaba tranquilo
-se respondió-, y eso le hacía, en cierta forma, feliz o algo parecido.
Miró el reloj de sobremesa, todas las manecillas alineadas. Sonrió.
Un brillo intenso invadió su mente y un ruido ensordecedor apagó la
música. Notó un golpe seco, como si le hubieran golpeado con un dedo. No
había dolor. No sentía nada. Estaba bien.
De pronto, sin quererlo, sin buscarlo, una imagen le llenó la mente y
todo su ser se detuvo en ella. No había nada más. No importaba nada más.
Sólo aquella imagen, aquel recuerdo de un hombre colgado. ¿Cómo se
llamaba? -se preguntó-, mientras buscaba en el interior de sus
recuerdos, en la lejanía de su niñez. Justiniano, sí, Justiniano.
Rechoncho, bajito, calvo, y con su traje de los domingos y la camisa
blanca, inmaculada y abotonada hasta el cuello, sin corbata. Y los
zapatos, rompiendo el aire como una guadaña, dibujando una línea
imaginaria en su débil balanceo de un lado a otro, negros y recién
limpiados. Sí, Justiniano era. Allí, colgando de la viga, con la cara
abotargada y un ligero tono morado.
Notó una sequedad inmensa en la garganta. Hacía tiempo que no tenía
sensaciones físicas, y ahora esto, pensó.
El cuerpo se convulsionó en un espasmo. El pechó se hinchó hacia delante
mientras la boca se abría buscando aire, como la del pez fuera del agua.
No parpadeó ni una sola vez. Seguía con la mirada tranquila del que
observa algo. El cuerpo se le relajó. Expulsó todo el aire que llevaba
dentro pero ya no volvió a inspirar más.
Eran las doce y diecisiete segundos de una mañana fría de diciembre.
Todos los Derechos Reservados. Del
Texto: Diego Jurado Lara ©. De las ilustraciones: Marcos Santos
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