Página optimizada para I Explorer

  Sobre el relato...

"Este relato escrito ya hace algunos años, tantos que ni recuerdo, me surgió a raíz de un hecho reciente cercano a mí y que me llevó a otro de la niñez más profunda. A partir de ahí entré en el tema de una manera desbordada y surgió el cuento. Lo cual me permitió, de alguna manera, sacar de mí algo que llevaba enquistado mucho tiempo.

Está publicado en Lulu, en una recopilación de cuentos titulada "ET IN
ARCADIA EGO (Fracasados, estigmatizados, renegados y otras raleas)",
con el siguiente acceso directo:
http://www.lulu.com/content/1273014"
 

Escribo por placer de escribir. Así de simple. La verdad es que, además de eso, no sé muy bien por qué. A veces me lo he preguntado, pero las respuestas son complejas y no me llevan al final. ¿Por sacar mis fantasmas? ¿Por describir mis mundos? ¿Por describir el mundo como yo lo veo? No lo sé. Sólo sé que quiero crear belleza.

Diego Jurado Lara

  Texto: Diego Jurado. Ilustraciones: Marcos Santos. Todos los Derechos Reservados por los Autores.  

Odi profanum vulgus et arceo.

Horacio

     Le molestó la sensación de frío que produjo el contacto de la pistola en el párpado de su ojo izquierdo. Apartó ligeramente la cabeza hacia atrás mientras abría los ojos y centraba la mirada, con detenimiento, en la oscuridad circular del cañón.

    Siempre había pensado que terminaría así, o de alguna manera similar. Incluso de niño, o no tan niño, había lanzado el bulo de que una vez soñó que moriría joven; joven y atropellado por un tren. Entonces la idea de morir atropellado, pero sobre todo la idea de morir joven, le parecía romántica, hermosa y distinta. Tenía una necesidad imperiosa de llamar la atención y por ello...

    Sin embargo, en ese momento, con aquella pistola, que miraba, en las manos, y sentado en el sillón giratorio de su despacho, frente a sus objetos más queridos, con la foto de su hijo, de su único hijo, sonriendo desde el papel, no tenía razones para llamar la atención, sencillamente se iba porque no podía más.

    Se iba, y no por despecho, pero tampoco por amor, como algún imbécil pudiera pensar. Lo hacía por ineptitud, por miedo o, seguramente, por ambas cosas a la vez. Se iba porque no había sabido o no había podido vivir. Se iba, simplemente, porque no podía vivir más.

    Siempre es difícil encontrar respuestas al hecho individualmente decidido de quitarse la vida, y ello sea quizá debido a que nadie se puede poner en la piel del otro, del que toma la decisión inapelable y definitiva de abandonar. Es fácil achacar esa decisión a la cobardía -pensó para sí mismo-, pero como recordaba haber leído en algún lugar, una cita de Schopenhauer: generalmente, el hombre pone fin a su existencia tan pronto como los terrores de la vida sobrepasan a los terrores de la muerte”. Y ese era su caso, aquí y ahora la vida era más terrible que la muerte, y eso que ésta había sido su gran pesadilla en la niñez y en la juventud, pero no por ella misma sino por el infierno prometido a los pecadores, anunciado y reafirmado por tantos y tantos allegados suyos.

    A veces, en su afán de comprensión de la decisión tomada, llegó a un análisis cientificista, biológico del hecho, aduciendo que obedece al orden natural, al proceso de selección, como si hubiera un fin adaptativo, una razón evolutiva.

    Sabía, porque el suicidio era una nota repetida con excesiva frecuencia a lo largo de su existencia, que es la muerte más cruel para los que se quedan, por su fulminante impacto, por la devastación que produce, por el desconcierto que origina, por la desolación que acarrea, por la traición que parece se les hace. Sabía, porque lo había vivido, que al suicida (como decía Rojas Marcos), se le repudia porque él nos rechaza tanto.

    Pero su decisión estaba clara, asumida, comprendida, razonada, interiorizada en lo más profundo de su ser. Era un fracasado, sin energía, sin pasión, sin curiosidad, sin ambición. No cabía otra cosa, por él, por los demás. En cierta manera había altruismo en su decisión -pensaba-,  y eso le tranquilizaba.

    Cogió de nuevo el manuscrito y comenzó a leerlo otra vez.

    Llevo el estigma del fracaso dibujado en la cara, como una máscara de ritual, pesada, amorfa, con un sentido oculto por el paso de los tiempos, por la negación de la realidad. Representa la muerte, o la vida, pero la vida sin vida, la vida fracasada, la vida sin sentido. Me atormenta y flagela la mente. Envuelve todos y cada uno de los pensamientos que circulan por mi interior, recóndito paisaje de la negritud, de la oscuridad, de la nada.

    Me apoyo en el aire, intentando atrapar un hálito de vida que me estimule. No encuentro nada, no encuentro a nadie a quien hablar, ni a quien mirar. Me viene a la mente, ahora, el soniquete de la  canción aquella de Pink Floyd: is there anybody out there? Alzo la vista y no veo nada. La oscuridad es negra y horrible. ¿Y más allá? Más allá no hay nada porque aquí no lo hay. Tan sólo tiempo, tiempo y vacío, vacío y angustia.

    El mundo se acaba o no ha existido. Miseria en mi alma densa, opaca, muerta. Aquí no hay nada. Incluso dudo que algún día lo haya habido.

    Ni el lamento me vale, porque ya ni tengo... Sólo me quedan lágrimas, pero me temo que no son sino lágrimas vacías, simples gotas de agua salada, sin sentido, vertidas por la desesperación o por la negación, por el intento de negación o de aceptación de la realidad, con su furia desatada hacia mí, un títere triste y desamparado, mecido por el viento de la ruina.

    Vacío de sensaciones aún miro alrededor y busco, como un alma en pena, implorando una mano, un aliento, algo que me diga que no es todo muerte a mi alrededor, que no es todo fracaso, que no es todo oscuridad. Imploro ayuda como un niño, como el niño que he sido siempre y que no he querido dejar de ser, a pesar de tantos y tantos esfuerzos de la gente por hacerme ver que ya no lo soy.

    Es lo último que me queda, un suspiro, una décima de segundo, y después me iré, por ti, por ellos, por todos, incluso, me atrevería a decir, por todos los que fueron y los que pudieron ser, por los que no fueron y no quisieron ser, por los que dañé y por los que me hicieron daño, por los que amé y por los que me amaron, por todos y por cada uno de ellos me iré.

    Y, ¡Dios!, qué negra es la noche cuando está vacía, cuando la nada reina en ella, cuando el frío arrecia. Y como duele el dolor a los demás. Y qué duro...

    Que nadie se culpe. Que nadie se rasgue las vestiduras. Que nadie llore mi pérdida. Sólo pido una cosa: seguid viviendo y buscad.

    En Granada a 14 de diciembre de 1.999.

 

    Dobló cuidadosamente las hojas de papel, con parsimonia, casi con excesiva parsimonia, como si una necesidad imperiosa le hiciese ralentizar los movimientos, como si el subconsciente se negase al paso inevitable del tiempo, a la evidencia de la decisión tomada. Los plegó dos veces y los dejó sobre la mesa del despacho y al lado del cenicero de barro cocido que compró en un viaje a los Estados Unidos, en San Antonio, con la forma del estado de Texas. Los dejó, inconscientemente, al pie de la foto de su hijo, cuya mirada le taladraba el cerebro, clavados sus ojos de niño en sus pupilas, mirando implacable, como si supiese.

   

 

 

Recordó aquellas palabras en los créditos del “Adore” de los Smashing Pumpking:

17 segundos de compasión

17 segundos de paz

17 segundos para recordar que el amor es la energía con lo que todo ha sido creado

17 segundos para recordar que todo es bueno

17 segundos para esperar todo tu daño y tu dolor

17 segundos de fe

17 segundos para confiar en ti de nuevo

17 segundos de brillantez

17 segundos para enviar una oración

17 segundos es todo lo que realmente necesitas

...y las hizo suyas. Interiorizó aquellas palabras hasta sentirlas, con sus formas, en lo más profundo de su cerebro. Sintió la compasión por sí mismo, pero no la piedad. Sintió la paz, tras la decisión tomada, y la esperó con delectación, como un bálsamo.

    Miró la fotografía de su hijo y sintió la humedad de las lágrimas recorrer sus mejillas.

    La música envolvía el ambiente, martilleando los oídos, incrustándose entre las fibras de sus pensamientos. Apartó la vista de aquella foto que le hacía temblar y se centró en las palabras. Siempre la música, siempre las palabras, como bálsamos, como elementos sustitutivos de su incapacidad. 

It´s you that adore

You will always be my whose

You´ll be a mother to my child

And a child to my heart

We must never be apart

Lovely girl you´re the beaty in my world

Without you there aren´t reasons left to find

And i´ll pull your ooked teeth

You´ll be perfect just like me

You´ll be a lover in my bed

And a gun to my head

We must never be apart

Lovely girl you´re the murder in my world

Dresing coffins for the souls i´ve left to die

Drinking mercury

To the mistery of all that you should ever leave behind

In time. 

    Las lágrimas le seguían surgiendo en un río interminable. Los ojos, anegados, perdidos en un punto indeterminado de la pared, o más allá. La música, con exceso de graves, incrustándosele en cada uno de los músculos de su cuerpo, en cada uno de sus huesos, en cada uno de sus nervios. La reverberación que las ondas producían le llegaba a través de los brazos del sillón en el que se encontraba, entrando en él hasta sentirla como suya, como parte de él, uniendo el compás de la música al ritmo de su corazón, de su respiración, de su ser, de su vida. Buscó el amor entre sus recuerdos pero tan sólo encontró angustia y desesperación. Quizá aquellos ojos -pensó-, pero rápidamente desechó el pensamiento, ¿por inquietante?, no estaba seguro. ¿Y Dios? -se preguntó-, ¿qué había sido de aquel Dios de su infancia y del amor que derramaba o decían que derramaba? Nada, sólo miseria, miseria y destrucción, mentiras y frustración -se respondió-.

    Ya sólo podía recordar la maldad, por infinita y por eterna. Y el daño también podía recordarlo y el dolor que le había inflingido. Y recordó la pérdida de la fe como uno de los momentos más amargos, como uno de los desgarros más intensos, como una de las pérdidas más grandes, como el final de una existencia. Y con ella perdió la confianza en sí mismo y en los demás,  y entró en la oscuridad de lo infinito.

    Y como decían aquellas palabras, ahora sólo necesitaba diecisiete segundos, para enviar una oración a aquel falso Dios, a aquellas falsas personas, a la Falsedad, porque ya sólo necesitaba diecisiete segundos para terminar, para dejarlo todo y salir de la terribilidad que lo ahogaba. Y ya habían pasado...

     Cogió la pistola con la mano izquierda y apoyó el dedo índice en el gatillo. Se acercó el cañón a la cabeza y lo apoyó en el párpado del ojo izquierdo. De nuevo sintió el frío. Se molestó. Lo separó y, despacio, abrió los ojos. No sólo quería irse sino que quería hacerlo sintiendo y viendo, y sabiendo.

    Cerró el ojo derecho y posó la vista del izquierdo en la boca oscura del cañón. Llevaba largo rato sin llorar pero tenía los ojos acuosos. Se pasó el dorso de la mano derecha por ellos, por el cerrado y por el abierto. Sorbió por la nariz, con delectación, saboreando el sabor salado del líquido que pasaba a su garganta y a su boca, sabiendo que sería la última degustación, y con fuerza, con mucha fuerza, como si quisiese retener todo el aire y quedarse con él, como si quisiese apoderarse de la vida a través de él, como si el aire tuviese alma, como si el alma existiese y estuviese ahí, flotando.

    Repitió de nuevo la operación. Cerró el ojo derecho y acercó la boca del cañón al izquierdo pero sin llegar a tocar la piel, para enseguida alejarlo, con lentitud, hasta que logró enfocarlo perfectamente y podía distinguirlo sin deformación alguna de la imagen. Estaba a unos diez centímetros y casi podía ver la bala, o al menos eso creía. Sentía la muerte en ella, y la vida también. ¿No se habría equivocado? ¿No estaría allí y se lo había perdido? -se preguntó-.

    El dedo índice comenzó a apretar el gatillo, lentamente. No había respuestas. Parecía que nunca iba a llegar al final. ¿Por qué no se le aceleraba el corazón? -se preguntó de nuevo-. Porque estaba tranquilo -se respondió-, y eso le hacía, en cierta forma, feliz o algo parecido. Miró el reloj de sobremesa, todas las manecillas alineadas. Sonrió. 

    Un brillo intenso invadió su mente y un ruido ensordecedor apagó la música. Notó un golpe seco, como si le hubieran golpeado con un dedo. No había dolor. No sentía nada. Estaba bien.

    De pronto, sin quererlo, sin buscarlo, una imagen le llenó la mente y todo su ser se detuvo en ella. No había nada más. No importaba nada más. Sólo aquella imagen, aquel recuerdo de un hombre colgado. ¿Cómo se llamaba? -se preguntó-, mientras buscaba en el interior de sus recuerdos, en la lejanía de su niñez. Justiniano, sí, Justiniano. Rechoncho, bajito, calvo, y con su traje de los domingos y la camisa blanca, inmaculada y abotonada hasta el cuello, sin corbata. Y los zapatos, rompiendo el aire como una guadaña, dibujando una línea imaginaria en su débil balanceo de un lado a otro, negros y recién limpiados. Sí, Justiniano era. Allí, colgando de la viga, con la cara abotargada y un ligero tono morado.

    Notó una sequedad inmensa en la garganta. Hacía tiempo que no tenía sensaciones físicas, y ahora esto, pensó.

    El cuerpo se convulsionó en un espasmo. El pechó se hinchó hacia delante mientras la boca se abría buscando aire, como la del pez fuera del agua. No parpadeó ni una sola vez. Seguía con la mirada tranquila del que observa algo. El cuerpo se le relajó. Expulsó todo el aire que llevaba dentro pero ya no volvió a inspirar más.

    Eran las doce y diecisiete segundos de una mañana fría de diciembre.

Todos los Derechos Reservados. Del Texto: Diego Jurado Lara ©. De las ilustraciones: Marcos Santos ©

   

¿Quieres publicar tu relato en Actually Notes?

Envíanoslo a

Indícanos que eres el autor, tu correo para contactar contigo, y procura que no exceda de las 2000 palabras. Cuéntanos la historia que rodea tu historia. Por qué lo escribiste, cuándo, o lo que quieras contarnos. También dinos si ha sido publicado y dónde, y si existe algún enlace o publicación donde encontrarlo.

 

 
     
     

Enviar a un Amigo

Si te ha gustado este relato, SUSCRÍBETE a

Actually Notes, ¡Es GRATiS!

 

 blink it

blink it
 

 

Todos los derechos reservados. Actually Notes © 2007 -2008

Agregar Actually Notes a Favoritos sitemap